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1898 - Jacobinos en San Juan

La invasión yanki y la subsiguiente ocupación militar fueron el preámbulo a los profundos cambios estructurales que se irían materializando en la sociedad puertorriqueña. Dentro de la camisa de fuerza del colonialismo español, si no por otra cosa que por el peso de los siglos, se fue sedimentando una sociedad de clases con cierta coherencia orgánica. El desarrollo de una burguesía criolla, que pudo haber gestado algún proyecto nacional, se vio tronchado por la invasión y el régimen colonial que se implantó subsiguientemente.

En las montañas, ya hemos visto, los abusados peones sin tierra, por un breve instante, expresaron con el machete y la candela su odio de clase hacia sus expropiadores y explotadores.

En San Juan, las poblaciones formadas al margen de la sociedad respetable, pertenecientes a un sector arrabalero, de pequeñas ocupaciones irregulares no diestras, que en ocasiones podían incluir la faena delictiva entre las actividades de subsistencia, se abrazaron al nuevo régimen. Para estas poblaciones marginadas de San Juan, por tanto tiempo rechazadas por las élites tradicionalistas de la ciudad, los yankis representaban una gran fuerza niveladora y la promesa de la igualdad. ¡Igualdad! ¡No más privilegios para los blanquitos! Para esta población, ruda y pendenciera, resentida por la petulancia de sus superiores en sociedad, cualquier acción militante que condujera a la derrota de la desigualdad y el privilegio, era válida y aceptable. Atacaron con violencia a quienes consideraban sus enemigos, los hombres respetables de las altas esferas sociales y políticas.

Manuel Egozcue, aquel español incondicional, enemigo acérrimo en tiempos de España de cualquier asomo de puertorriqueñidad, se abrazó rápidamente a los nuevos conquistadores. En poco tiempo, con el presupuesto al que accedía como alcalde de San Juan, albergó en la nómina municipal a muchos de estos personajes y promovió la violencia en contra de sus rivales muñocistas.

Los líderes del Partido Republicano proyectaron cierta ambigüedad en torno a la violencia política de estos correligionarios, pero ciertamente, mientras les fue de provecho, se hicieron de la vista larga. De igual manera, las autoridades coloniales yankis aprovecharon y promovieron estos militantes que desarticulaban a los políticos promotores de las fuerzas del País y un mayor gobierno propio para los puertorriqueños. Después de todo, las embestidas de los muchachos de Egozcue lograron descarrilar en las calles de San Juan a quien no podían derrotar electoral y políticamente.

Muñoz Rivera huyó por su vida a la ciudad de Nueva York, donde aguardó un cambio favorable en el clima político del País. De estas intensas jornadas, de la angustiosa espera por las reformas al régimen, y de los primeros Casos Insulares, tratará nuestro próximo episodio:

1898 - Jacobinos en San Juan.