Encabezado de Ficha El Antillano
 

Las trece Colonias británicas de América del Norte

Índice de fichas

Azúcar
Introducción al tema
Datos de la historia
De los árabes al mundo
El azúcar promueve la esclavitud y el capital
El impulso imperialista y el azúcar
Auge del binomio Portugal & Holanda
Las facciones burguesas en Inglaterra y el azúcar
Antagonismos entre plantadores británicos y comerciantes de las Trece Colonias
Las destilerías y refinerías en las Trece Colonias
La Ley Azucarera y la Revolución de las Trece Colonias
Las luchas por el dominio del mercado azucarero de Europa
El mercado azucarero británico y la dieta del proletariado inglés
Le sucre de canne
La sociedad colonial de Saint Domingue
Los esclavos de Saint Domingue
Los cimarrones de Saint Domingue
Las rebeliones de esclavos y cimarrones en Saint Domingue y el caso de Mackandal
La esclavitud en Saint Domingue, los abolicionistas franceses y la insurrección de Ogé
Vudú y revolución

África

Alemania

Betances

Ceuta y Melilla

España

Estados Unidos

Imperialismo

Inglaterra

Islamismo

Magnicidio

Opio

 

Cuando Inglaterra se lanzó a la carrera colonial en América, ya las feraces tierras tropicales, y los grandes imperios con sus fabulosos tesoros de oro, plata y piedras preciosas, habían sido acaparados por España y Portugal. Sus primeras conquistas se efectuaron en la costa atlántica de la masa continental del norte. Allí establecieron sus primeras colonias de Jamestown y Plymouth. Eventualmente, expulsarían a los holandeses de los Nuevos Países Bajos (en neerlandés Nieuw Nederland; los holandeses habían conquistado la colonia sueca de Nueva Suecia antes de ellos ser a su vez conquistados por los ingleses, quienes eventualmente formaron de ese territorio las colonias de Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut). La conquista inglesa de esta faja del continente procedió en base a la otorgación de privilegios reales para el asentamiento de poblaciones en los territorios reclamados por la Corona. Estos asentamientos estuvieron motivados por una variedad de razones, entre ellas la creación de comunidades religiosas que buscaban escapar las persecuciones que pudieran estar sufriendo en Inglaterra, o más comunmente la búsqueda de oportunidades de beneficios económicos por parte del capital comercial británico. Inglaterra organizó cada uno de estos asentamientos con su propia identidad corporativa, política y económica. A pesar de varios ajustes a su composición como resultado de los cambios políticos en Londres, eventualmente la Corona y el Parlamento las organizarían en trece colonias a lo largo de la costa del Océano Atlántico, desde las fronteras con el Quebec francés al norte y la Florida española al sur, correspondientes a los primeros trece estados de la república de Estados Unidos de Norteamérica.

Al oeste de las Apalaches se hallaban los territorios aún no conquistados, habitados por las naciones nativas, codiciados tanto por los ingleses como por los franceses, y causa eventual de una prolongada guerra por el predominio territorial en la parte oriental de América del Norte, eventualmente alcanzado por Gran Bretaña, con la ayuda de los coloniales de las Trece Colonias y de algunas naciones nativas.

Desde el punto de vista económico, las Trece Colonias se pueden agrupar en las colonias del Norte, fundamentalmente la Nueva Inglaterra, las colonias del Centro (o del Medio Atlántico), y las colonias del Sur. Como cualquier clasificación de esta naturaleza, hay que advertir que se persigue entender unas tendencias generales, repletas de cualificaciones concretas, y que los límites de cada una de las unidades segregadas, lejos de ser herméticos, son sumamente porosos. Según se establece la separación para distinguir unos fenómenos de otros, así se manifiesta la importancia de la continuidad a través de las fronteras conceptuales.

Dicho esto, es útil, por el momento, establecer la generalización de que las colonias de Nueva Inglaterra, pobres en la productividad agrícola, se convirtieron en focos de acumulación de riquezas mediante la actividad naval, predominando la pesca, el comercio naval, la piratería y el contrabando. Otras actividades económicas, que por ser más sedentarias no eran menos importantes, la forman las industrias de procesamiento de la abundante pesca, como la preservación del arenque y el bacalao, ahumándolos, salándolo, o conservándolos en salmueras y vinagres, y las industrias balleneras, de extracción de aceites, fibras de las barbas, espermaceti (de los cahalotes), carnes, y huesos. La intensa actividad naval, y los extensos bosques de maderas duras, estimularon las industrias madereras (aserraderos), de construcción de barcos (astilleros) y la fabricación de aperos navales (mástiles, velas, sogas, herrajes, anclas), así como toda clase de envases, toneles, barriles, cajas, canastas, sacos para el comercio (y el contrabando) naval. En la época colonial, estas industrias mantenían un carácter decididamente artesanal, y la manufactura en las colonias de mercancías para el comercio estaba explícitamente prohibida, o gravada con impuestos y tarifas de tal manera que no eran viables económicamente. La escala de la producción de mercancías, cuando encontraba un nicho económico, era muy reducida, generalmente basada en la producción individual doméstica o en unidades que pudieran agrupar un número reducido de familias.

Las colonias del centro, entre las cuales se incluyen Nueva York y Pensilvania desarrollaron unas economías agropecuarias de gran productividad. Participaron, no hay duda, del comercio marítimo, pero sus excedentes agropecuarios impulsaron las industrias de la conserva de carne de res, ovejas y cerdos, salándolos, secándolos, ahumándolos, y preservándolas en salmueras y vinagres; de la producción de embutidos. Cosechaban considerables excedentes de granos y cereales, y consecuentemente de harinas para su comercio exterior. La crianza de cerdos, de ganados y de rebaños, además de crear excedentes de animales de fuerza y de carga, como caballos y bueyes, estimuló también el procesamiento de pieles y de lanas, así como la manufactura de quesos y mantequillas y mantecas, sebos, jabones, aceites y velas que también engrosaron las bodegas de los barcos.

Estos dos primeros grupos de colonias británicas se diferenciaban del resto de ese imperio en que se estaban creando las condiciones para el desarrollo de unas burguesías cuyos intereses entrarían en conflicto con el sistema económico imperial prevaleciente: el mercantilismo. El tercer conjunto de colonias, denominadas como las del Sur, desarrollaron actividades económicas que encajaban muy bien con el sistema mercantilista británico. La realidad económica y social de estas colonias del Sur era muy parecida a la de las Antillas británicas. Descansaban sobre una creciente población de esclavos de extracción africana, y estaban dominadas por una burguesía terrateniente, de inclinaciones señoriales. Sus productos principales de exportación, el algodón y el tabaco, formaban parte de unos poderosos y prósperos monopolios ingleses que consumían todo lo que estas colonias podían exportar. El problema principal de estos planteros del Sur era el desbalance comercial con Inglaterra, ya que sus cosechas no siempre cubrían el costo de sus importaciones de los manufactureros británicos, lo que los sometía a una condición crónica de deudores al comercio y el incipiente capital financiero británico.

De manera que cuando se habla de los antagonismos de las Trece Colonias con el mercantilismo británico, realmente se trata de las colonias de Nueva Inglaterra y del centro. Los excedentes de producción pesquera y agropecuaria que se creaban estas colonias estimulaban intensamente el comercio exterior, y sus barcos iban repletos de artículos de necesidad fundamental para las colonias antillanas y sus plantaciones. Los pescados salados constituían la fuente de proteína barata con que los esclavos pudieran acompañar su dieta básica de plátanos, panapenes, yucas, malangas y ñames. Las maderas estructurales eran esenciales para la construcción y el mantenimiento de los trapiches; los caballos y los bueyes eran la fuerza motriz de los arados y los molinos; las herrerías, los toneles y barriles eran requeridos en la cadena de producción de mieles y azúcares. Artículos como los cereales y las harinas, los aceites y mantecas y las carnes preservadas eran parte de la vida diaria de la sociedad colonial.

Mientras estos comerciantes coloniales dedicaran su empeño a suplementar el comercio inglés con las antillas azucareras británicas, todo marchaba en orden. Pero la actividad económica, la necesidad urgente de acumular, no toleran por mucho tiempo las leyes restrictivas que tratan de imponerle los más privilegiados a los recién llegados al banquete de la acumulación de riquezas. En poco tiempo los comerciantes coloniales de Norteamérica probaron la fruta prohibida del contrabando con las colonias francesas, españolas, holandesas y danesas. Y ése fue el comienzo del fin.

Pero ese tema lo abordaremos en otro lugar.

Este tema prosigue en Antagonismo entre plantadores británicos y comerciantes de las Trece Colonias.

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