Encabezado de Ficha El Antillano
 

La esclavitud en Saint Domingue, los abolicionistas franceses y la insurrección de Ogé

Índice de fichas

Azúcar
Introducción al tema
Datos de la historia
De los árabes al mundo
El azúcar promueve la esclavitud y el capital
El impulso imperialista y el azúcar
Auge del binomio Portugal & Holanda
Las facciones burguesas en Inglaterra y el azúcar
Antagonismos entre plantadores británicos y comerciantes de las Trece Colonias
Las destilerías y refinerías en las Trece Colonias
La Ley Azucarera y la Revolución de las Trece Colonias
Las luchas por el dominio del mercado azucarero de Europa
El mercado azucarero británico y la dieta del proletariado inglés
Le sucre de canne
La sociedad colonial de Saint Domingue
Los esclavos de Saint Domingue
Los cimarrones de Saint Domingue
Las rebeliones de esclavos y cimarrones en Saint Domingue y el caso de Mackandal
La esclavitud en Saint Domingue, los abolicionistas franceses y la insurrección de Ogé
Vudú y revolución

África

Alemania

Betances

Ceuta y Melilla

España

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Imperialismo

Inglaterra

Islamismo

Magnicidio

Opio

 

El abolicionismo francés, inspirado en el movimiento británico, se agrupaba en una organización fundada el 19 de febrero de 1788, por Jacques Pierre Brissot, llamada Sociedad de amigos de los negros (“Société des Amis des Noirs”), que también mantenía contactos con los abolicionistas de Estados Unidos. En este último caso los abolicionistas yankis podían exhibir cualquier grado de impaciencia ya que representaban los intereses de la burguesía comercial y de una incipiente burguesía industrial del Norte, separada económica y geográficamente de los intereses de la burguesía terrateniente y esclavista del Sur, en esa época más poderosa que sus rivales del Norte.

Jacques Pierre Brissot

Jacques Pierre Brissot, abolicionista francés.

Algo parecido ocurría con los abolicionistas británicos que encontraban eco en los intereses de la burguesía industrial de Inglaterra, muy interesada en promover las políticas del libre cambio y los mercados abiertos, a expensas del sistema mercantilista que protegía los intereses de las plantaciones esclavistas de las Antillas inglesas.

Los abolicionistas franceses, por el contrario, trataban de balancear su repudio a la esclavitud como institución con la necesidad de preservar la prosperidad de sus colonias en América, la cual dependía del mercado de esclavos. La burguesía francesa estaba enfrascada en su lucha en contra de las lacras del régimen feudal, que ya en Inglaterra y en Estados Unidos se había adjudicado en favor de una monarquía parlamentaria en el primero y una república en el segundo. El apoyo de la burguesía comercial marítima a los reclamos generales de su clase en contra de los privilegios de la aristocracia feudal era crítico, y se pensaba que no podían enajenarlo añadiéndole demandas de abolición de la esclavitud. Después de todo, la Constitución de Estados Unidos, sobre la cual se modelaban los reclamos de la burguesía francesa, balanceaba perfectamente bien los derechos de los hombres blancos con la esclavitud de los africanos y sus descendientes.

Cuando se publicó la Declaración de los cerechos del Hombre y del ciudadano (“La Déclaration des droits de l’Homme et du citoyen”) en 1789, a pesar de no hacer mención directa al asunto de la esclavitud (ni de los derechos de la mujer), sí puso el asunto sobre el tapete y los abolicionistas se vieron en la necesidad de definir más claramente sus posiciones. Optaron entonces por adoptar una estrategia gradualista, evadir el asunto de la esclavitud y abordar directamente el tema de los derechos de los hombres libres de color. Los derechos se definían para los hombres de propiedad, y quedaban excluidos los hombres pobres y las mujeres. Los esclavos quedaban defindos en ese esquema como propiedad. Pero, ¿qué hacer con los hombres que tenían propiedad, pero que no eran blancos? No era posible continuar negándoles sus derechos por el color de su piel.

Representación de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano.

La Declaración  de los Derechos del

Hombre y del Ciudadano le abrió las

compuertas a los hombres libres de color,

propietarios acaudalados muchos de ellos,

para iniciar la lucha ideológica a favor

del reconocimiento de sus derechos como

ciudadanos de Francia.

En mayo de 1790, la Convención Nacional aprobó legislación que, aunque ambigua, podía interpretarse como que promulgaba cierto grado de autonomía a las colonias a la vez que le extendía allí los derechos de ciudadanía a todos los propietarios, sin importar el color de su piel. Podía entenderse, además, que le negaba esos derechos a los hombres sin propiedad, aunque fueran blancos.

La reacción de los habitantes de Saint Domingue se polarizó a lo largo de las complejas fracturas económicas y raciales de la sociedad colonial. Los pequeños blancos constituyeron una Asamblea Colonial en Saint Mark y abogaron por una autonomía radical de todos los colonos blancos, sin consideraciones económicas, y con la exclusión de todas las personas de color de cualquier derecho económico, social o político.

Los grandes blancos se reunieron en Cap Français, reclamando para su casta todo el poder de la colonia. La agitación independentista, en pro de una república de terratenientes blancos, modelada como los estados del Sur de Estados Unidos, aumentó en volumen e intensidad.

Los representantes de la Corona, civiles y militares, aprovecharon la rivalidad política entre los colonos blancos para restablecer su autoridad sobre la Saint Domingue, que se había visto seriamente comprometida a raíz de las recientes turbulencias políticas que habían repercutido en la colonia. Los tres bandos se enfrascaron en una disputa de la cual, a fin de cuentas, ninguno de los tres resultaría victorioso.

Durante todo este tiempo, se desarrollaron acontecimientos paralelos. Vincent Ogé, un mulato libre muy rico de Saint Domingue, se encontraba en París en gestiones de sus negocios de importaciones y exportaciones cuando estalló la Revolución Francesa. Aprovechó el ambiente propicio para propulsar la idea de que la Revolución tenía el deber de otorgarle los derechos ciudadanos a todos los propietarios en Francia, sin hacer excepciones en base al color de la piel. Unió sus esfuerzos a la Sociedad de amigos de los negros, y a individuos como Julien Raimond para insistirle a la Convención Nacional sobre la urgencia de extenderle a los propietarios de color de Saint Domingue todos los derechos ciudadanos de los que gozarían los propietarios blancos, comenzando por el voto.

Vincent Ogé.

Vincent Ogé, mulato y acaudalado propietario,

tomó en serio los postulados de la Revolución Francesa

y promovió su extensión a los hombres libres de color

que fueran propietarios.

Los grandes blancos de Saint Domingue se opusieron tenazmente, con la ayuda de sus recientes rivales, los magnates de la burguesía comercial marítima, que ejercían mucha influencia en la Convención. Los grandes propietarios blancos de Saint Domingue, a pesar de compartir con los propietarios de color los mismos intereses de clases, temían que al abrir la puerta a los derechos de los hombres libres de color, los 500,000 esclavos se sentirían esperanzados de algún día también acceder a esos derechos.

En octubre de 1790, Ogé decidió tomar acción y después de detenerse en Inglaterra y en Estados Unidos, donde logró abastecerse de dinero y de armas, se preparó para lanzar una insurrección armada. En Saint Domingue le exigió a las autoridades francesas y a las asambleas coloniales el reconocimiento de los derechos a los hombres de propiedad, independientemente de su color. Le lanzó a la Asamblea Colonial de Cap Française el reto de acceder a sus demandas o confrontar las consecuencias de su negativa. Rechazado por todas las autoridades de la colonia, Ogé lanzó su insurrección de affranchis, junto a unos 300 hombres, en la comarca de Grande-Rivière du Nord, cerca de Cap Française. Originalmente pudo repeler las milicias que lanzaron en su contra, pero no tuvo la misma suerte cuando lo asediaron las tropas regulares. Huyó a Santo Domingo, pero fue capturado, junto a Jean Baptiste Chavannes (quien había tratado, en vano, de convencerlo de que hicieran un llamado a los esclavos para que se les unieran en una insurrección general en contra de los colonos blancos y de Francia). Fueron presos en Hinche, comarca de la colonia española, el 20 de noviembre de 1790 por las tropas españolas, y entregados a las autoridades francesas de Saint Domingue. Fueron torturados horriblemente junto a veintitrés de sus correligionarios, y finalmente muertos en la plaza de Cap Française, el 6 de febrero de 1791, como escarmiento a todos los hombres de color de que nunca serían tratados como iguales en la sociedad colonial.

El suplicio brutal de los insurrectos, más que dar un escarmiento, logró inflamar aún más las pasiones que arrazarían con la colonia más rica de la época.

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