Encabezado de Ficha El Antillano
 

La España de la Restauración

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La España de la Restauración

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España trató de expandir su presencia en África, pero las bases financieras sobre las cuales pudiera lanzar una ofensiva colonizadora apenas le fueron suficientes para sostener su soberanía en sus últimas posesiones del Caribe y del Pacífico. La debilidad de España en relación a las otras potencias rivales era el resultado directo de su atraso económico. Su base industrial, aunque en crecimiento, era ínfima cuando se le comparaba a la de Alemania, Inglaterra, Francia, o de peor agüero, a la de Estados Unidos. Sin embargo, hubo otros factores que impidieron que España compitiera con las otras potencias imperiales. Si otros países, notablemente Estados Unidos, salieron de sus guerras internas con mayor empuje económico, las guerras Carlistas de España no sirvieron de agente catalítico ni a la industrialización ni a la modernización, sino todo lo contrario. Las guerras internas en España ayudaron a transformar el cuerpo de oficiales del Ejército, de una fuerza progresista, a una eminentemente conservadora. El Ejército se unió a la Iglesia Católica como el otro baluarte principal de las fuerzas reaccionarias. Ambas instituciones combatían cualquier indicio de reforma, por mínima que fuera, y se convirtieron en los principales defensores del status quo. A esas dos anclas, aseguró Cánovas las naves de la Restauración monárquica. La Corona, el Ejército y la Iglesia constituirían el tronco de la sociedad política española, a la cual tendrían que adherirse todos los intereses con aspiraciones de contar para algo en la repartición de los beneficios económicos.

Antonio Cánovas del Castillo, componedor de

la Restauración.

Los burgueses latifundistas y la aristocracia terrateniente se alinearon rápidamente con un estado de cosas que les prometía proteger su indecoroso acaparamiento de las mejores tierras y la supresión sangrienta de cualquier asomo de rebelión campesina. Los burgueses industriales, principalmente en Cataluña y en el País Vasco, atemperaron sus pasiones regionalistas a cambio, primero, de preservar los privilegios comerciales con los mercados cautivos de las colonias y, más tarde, con el uso de la fuerza del estado español para aplastar el movimiento obrero militante que amenazaba sus títulos privados de propiedad sobre los medios de producción.

 

La iglesia católica, el ejército y la burocracia

del gobierno de la Restauración aplastan a

las clases trabajadoras de España. Faltan los

grandes propietarios.

Este frágil andamiaje de intereses particulares se sostenía, cuando no por la persuasión de las bayonetas, por un sistema político electoral profundamente corrupto, en el que se fabricaban las mayorías, y se turnaban los gobiernos, según variaran los intereses de la oligarquía.

La oligarquía, los caciques de los partidos de la

Restauración y los militares componían los resultados

de las elecciones en un corrupto juego de turnos al poder,

del que se lucraban descaradamente a costa de las grandes

mayorías de un pueblo pobre y trabajador.

 

Era un régimen que funcionaba en tiempos normales, pero en el que nadie creía. Los tiempos normales trajeron paz en Cuba, expansión en el sector industrial de la economía, algo de calma en las relaciones obrero patronales, y la ilusión de prosperidad en los sectores medios de las poblaciones urbanas. Fue una ilusión fatal que alimentó las ambiciones imperiales en África, a las que Francia e Inglaterra rápidamente se interpusieron. Le hizo creer a los españoles, también, que podían imaginarse un conflicto armado con Estados Unidos en el cual España pudiera prevalecer. La historia corrigió este nefasto error con la derrota más aplastante y humillante que recibiera España hasta ese momento. Los mismos españoles la bautizaron como el Desastre de 1898.

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