Encabezado de Ficha El Antillano
 

Los viejos y nuevos imperios

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Los viejos y nuevos imperios

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Según se acercaba el final del siglo xix, la actividad de expansión territorial de las potencias económicas y militares estaba en un proceso de reformulación. La victoria de la Unión sobre la Confederación en la Guerra Civil de Estados Unidos y la victoria de Alemania sobre Francia en la Guerra Franco Prusiana desataron fuerzas económicas que pusieron en tela de juicio a la Pax Britannica.

Una de las consecuencias de la política inglesa de librecambio fue la erosión de su preponderancia industrial. Con el tiempo, Inglaterra se convirtió en un país importador. El desequilibrio en su balanza comercial podía compensarse solamente con la expansión de sus servicios de transporte marítimo y de seguros, y más importante aún, su exportación de capitales.

Las severas contracciones en los mercados, la más extensa de las cuales se registró de 1873 a 1896, dieron impulso a una competencia cada vez más feroz por colonias a las cuales exportar mercancías y capitales.

Hasta ese momento, los imperios territoriales eran los herederos de las adquisiciones mercantilistas, o de expansiones estratégicas, de los siglos anteriores.

Estados Unidos expandía sus dominios hacia territorios contiguos, arrebatándoselos a sus habitantes nativos o a naciones menos poderosas como México, o pactando con potencias de mayor poder militar como Inglatera y Francia, y los iba anexando a su sistema político de gobierno, uno de los más avanzados en el mundo de aquella época.

No obstante, según se desarrolló el capitalismo en las principales potencias mundiales, se fueron acentuando ciertas disparidades que terminarían creando el potencial para serios conflictos entre las naciones. Para comenzar, la posesión de colonias no era sinónimo de poder económico o militar. Alemania había alcanzado, a fines del siglo xix, un poder económico que la colocaba, junto a Estados Unidos e Inglaterra, como una de las principales potencias industriales del mundo. Su poder militar, si bien no alcanzaba a retarle a Inglaterra el control de los mares, ya le había demostrado a Francia el dominio alemán del continente. No obstante, Alemania apenas contaba con posesiones de ultramar de valor estratégico, y su situación en el continente le obstaculizaba la expansión de sus fronteras, pues se encontraba rodeada de naciones establecidas y reconocidas con cierta antigüedad, y protegidas mediante alianzas y pactos de auxilio militar en caso de ser atacadas.

Por otro lado, la mayoría de los imperios poseedores de territorios no contaban con el poderío económico ni militar para sostenerlos prologadamente. España, por ejemplo, era "dueña" de Cuba, una de las colonias más productivas del mundo después de India, así como de Puerto Rico, tradicionalmente, su puesto de defensa avanzada en el Caribe. En el Pacífico, era "dueña" de Las Filipinas, próxima al lucrativo y apetecido mercado de China, y de algunos archipiélagos de Oceanía. En África, retenía sus enclaves de las plazas de Ceuta y Melilla; una colección de islotes, cayos y peñas en las costas septentrional y atlántica de Marruecos, y territorios en el África ecuatorial. La incapacidad de España de gobernar efectivamente un imperio tan diverso, y tan regado por el planeta, atraía el interés de muchas potencias en ánimo de expansión.

Bélgica, Italia y Portugal, a pesar de la relativa debilidad de sus economías y de sus fuerzas armadas, retenían posesiones considerables en África y, en el caso de Portugal, también en Asia. Holanda retenía posesiones en el Caribe y en Asia. Dinamarca reconoció el predominio inglés sobre India y le cedió por venta sus posesiones en el subcontinente, reteniendo extensos territorios en el Atlántico Norte y sus Islas Vírgenes en el Caribe.

Austria, Rusia y Turquía (el Imperio Otomano) dominaban enormes territorios multi étnicos, a los cuales intentaban imponer un sistema de gobierno centralizado. Las tensiones que se acumularon entre estos imperios territoriales fueron utilizadas por las potencias imperialistas de Inglaterra, Alemania y Francia (y eventualmente Estados Unidos) para adelantar los intereses de sus capitalistas financieros.

Rusia se apresta para soltar los perros de guerra en

contra de un Imperio Otomano desprevenido, mientras

un amistoso policía inglés le dice que se cuide de no

crear una situación incómoda.

El imperio chino apenas podía defenderse y ya en estas etapas tempranas era víctima de la depredación territorial de otras portencias.

Lo que comenzó con las agresiones inglesas

relacionadas con el opio se convirtió en una

infame orgía de repartición del territorio y los

mercados de China.

Ahora, en el contexto de este nuevo conjunto de circunstancias, Inglaterra sentó la pauta de la nueva época imperialista, definiendo su imperio como uno fundamentalmente económico, libre de restricciones mercantilistas, pero apoyado en la formación de monopolios y en el inexorable dominio de las finanzas sobre todo el aparato de poder económico y militar. India era la joya de la corona de su imperio, pero la actividad imperialista —medida en la exportación de sus capitales a través de todo el mundo, era intensa y ubicua.

Inglaterra mantuvo un imperio duradero, hasta que fue

desplazado sin grandes ceremonias por el imperialismo de

Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.

Francia imitó a Inglaterra en la nueva carrera colonial, capturando territorios adicionales en África, Indochina y Oceanía, además de las que conservaba en el Caribe. Mientras tanto, los dirigentes de Japón y Estados Unidos apenas comenzaban a debatir la desventaja relativa a otras potencias en que los colocaba su falta de posesiones de ultramar.

Jules Ferry, artífice del imperialismo francés.

Estos desbalances creaban situaciones en que los países más débiles tenían que recurrir a los más fuertes para concertar alianzas que los protegieran de las depredaciones de los rivales más poderosos. España no calibró debidamente su vulnerabilidad en frente a la rapacidad de otros imperios, y ya fue muy tarde cuando trató de concertar pactos que protegieran su erosionado control colonial.

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