Encabezado de Ficha El Antillano
 

La Pax Britannica

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En el paso de una economía tradicional de carácter feudal, a la manufactura y la industria, Inglaterra dio el primer paso. Antes de que el resto de Europa despertara, el proceso conocido como la Revolución Industrial promovió el surgimiento de un nuevo modo de producción: la producción en masa de mercancías para el mercado. En sus comienzos, el entramado contenía elementos feudales, esclavistas y mercantilistas, pero la lógica propia del sistema de producción fue dándole forma a políticas de libre cambio, las cuales se impusieron tan pronto el capital industrial asumió la hegemonía sobre la economía y sobre la conducción política del estado. Esta evolución vino acompañada de una espectacular expansión de la producción industrial que rápidamente sobrepasó los mercados internos y salió al mundo a buscar mercados nuevos. Su marina mercante, la más grande del mundo, y su armada, más poderosa, por mucho, que la de cualquiera de sus rivales, impusieron un sistema de libre cambio que estimuló el comercio mundial y la prosperidad, primero de Inglaterra, pero por consecuencia, de todos los participantes. La prosperidad comercial, encabezada por Inglaterra, condujo a un período de paz sin precedentes: la Pax Britannica.

El desarrollo industrial en Inglaterra fue espectacular.

Combinado con su dominio de los mares y su política

de librecambio, impulsó la integración del mercado

mundial, el desarrollo capitalista en otras naciones,

y una época de paz sin precedentes.

Las fechas de esta época se establecen con un comienzo a raíz de la conclusión del Congreso de Viena en 1815 (o la derrota final de Napoleón en Waterloo ese mismo año). Otros historiadores establecen la victoria inglesa en Trafalgar en 1805 como el punto de partida. El cierre de esta época se establece, dependiendo de quién esté narrando la historia, como la victoria de Alemania sobre Francia en la Guerra Franco Prusiana en 1871, o la compra por Inglaterra de la participación egipcia en el Canal de Suez en 1875.  De todas maneras se sobreentiende que la Pax Britannica le dio paso a otra época en la que se reconoce el comienzo del fenómeno del imperialismo.

La Real Armada comandada por Horacio Nelson venció a lo

mejor que Napoleón Bonaparte pudo tirarle en su contra y, al

hacerlo, estableció el dominio inglés de los mares por más de

un siglo.

Uno de los factores principales que le dieron forma a ese período, fue la consolidación del predominio inglés sobre los mares. Tal fue su éxito en alcanzar el predominio naval que, eventualmente, Inglaterra llegaría a tener una armada más poderosa que las de las dos potencias navales más grandes combinadas. Esa capacidad de controlar los mares y todas sus rutas comerciales contribuyó a que Inglaterra pudiera suprimir la piratería y la trata de esclavos.

Como todos los sistemas, éste ya contenía dentro de sí su negación. Otras potencias como Francia, pero especialmente Alemania y Estados Unidos, iniciaron sus propios procesos de industrialización, y con el tiempo alcanzaron y sobrepasaron la capacidad industrial de Inglaterra.

Esta gigantesca planta siderúrgica de los Krupp en Alemania,

representaba el enorme desarrollo industrial del Reich, que

desembocaría, inevitablemente, en rivalidades antagónicas

imperialistas.

La acelerada industrialización de las potencias europeas, y de Estados Unidos, desencadenó fenómenos completamente nuevos para esas sociedades. Uno fue el de los ciclos alternos de períodos de expansión, crecimiento y prosperidad, que desembocaban inevitablemente en períodos recurrentes de crisis económica en el que colapsaban los valores, se reducía la actividad comercial, y se paralizaba la industria.

Durante los períodos de crisis, las corporaciones más fuertes se tragaban a las más débiles, y se consolidaban en combinaciones industriales cuyo propósito era reducir el impacto adverso que la competencia tenía sobre los precios y los márgenes de ganancia, tendencia que llegó a establecer al monopolio como la forma capitalista más apta a sobrevivir los ciclos periódicos de contracción, y de disfrutar de enormes tasas de ganancias durante las expansiones. Las gigantescas operaciones manejadas por los monopolios requerían un financiamiento masivo. El proceso de acumulación de capital se fue transformando, hasta crear las condiciones de predominio de los bancos y las finanzas sobre todo el sistema capitalista. El capital financiero modificó el carácter nacional del desarrollo económico para establecer una nueva modalidad de exportación más allá de las fronteras: la exportación de los capitales.

Los monopolios y los bancos que los nutrían sentaron las bases para una nueva ofensiva colonialista que surgió a partir de la mitad del siglo xix, y que alcanzó un estado de rivalidad intensa para los últimos años de ese siglo y los primeros años del siguiente. Requerían materias primas baratas, requerían mercados cautivos para las manufacturas y, ahora, requerían clientes para los capitales financieros que excedían las necesidades industriales de los países de origen.

Inglaterra había dado el primer paso. Antes de que el resto de Europa despertara, ya se había apoderado de India, del mercado de China, luego de las Guerras del Opio. En 1875 se hizo del control mayoritario del Canal de Suez y en 1882 se hizo dueño exclusivo al ocupar a Egipto. Ahora, le tocaría el turno a África. En el proceso, Inglaterra dirigió sus ventajas industriales y financieras hacia la consolidación de su posición preeminente como centro del financiamiento, transporte marítimo, aseguramiento de ese transporte y de los trámites relativos al comercio mundial (casas de cambio, casas comerciales en mercados distantes).

Inglaterra llegó a integrar los sistemas financieros franceses y, en alguna medida, los de Estados Unidos en su red de intereses e inversiones. Aún así, no podía compartir sus ventajas con todo el mundo ni hacer de todos los países sus socios menores, sin perder su dominio absoluto. Un país que crecía industrialmente a pasos agigantados se quedó fuera del banquete. Alemania pronto llegaría a rivalizar industrial y financieramente con Inglaterra, y tendría que disputarle su predominio global si quería alcanzar las metas naturales de su desarrollo. Esa Alemania, poderosa, pero sin colonias, irrumpiría en su momento en búsqueda de lo que consideraba, por ley natural, su destino superior entre las naciones.

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