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El estrangulamiento de los pueblos africanos con la colonización llegaría, por obligación, a una confrontación más seria entre los europeos invasores y las sociedades africanas más organizadas. Éstas eran, sin dudas, las sociedades donde predominaba el Islam. El contenido económico de la carrera por adquirir colonias descrito anteriormente quedó revestido y disimulado con el vestuario de un choque de civilizaciones, unas nuevas cruzadas cristianas contra los musulmanes. Éstos, a su vez, avivaron la llama de la rebeldía de sus pueblos en contra del invasor, invocando la guerra santa, el yihad, para expulsar a los infieles de las tierras del Corán. Confiaban en la llegada de El Mahdi, un feroz guerrero santo que destruiría, en nombre de Alá todopoderoso, los ejércitos satánicos de los invasores. Los europeos, por su parte, confiaban en su poderío industrial, con el que equipaban sus ejércitos de armas, cada vez más letales; el resto se lo dejaban a su Dios, varón rubio y patriarcal, habitante de las nubes, que comandaba las huestes de ángeles y arcángeles, querubines y serafines, y que siempre, pensaban ellos, estaría del lado de los capitalistas europeos.

El Mahdi, el que es guiado por Alá, apareció en el Sudán, y, en el plazo de un año, expulsó de esas tierras a turcos y egipcios, en ocasiones comandados por británicos, y causó reverberaciones de esperanza y rebeldía a través de todo el mundo musulmán sometido a los europeos o a los otomanos.

Muhamad Ahmed, El Mahdi.

Muhamad Ahmed, que era su nombre original, comenzó, en 1882, la guerra santa en el Sudán, y, en 1885, El Mahdi conquistó la ciudad de Jartoum después de un largo sitio. Murió ese mismo año de tifoidea, no sin antes haber dejado constituido el régimen que lo sucedería.

El general Charles Gordon, derrotado por las

fuerzas yihadistas de El Mahdi.

El General Charles Gordon, comandante de las tropas anglo egipcias asignadas a evacuar la ciudad, fue decapitado, en violación a las instrucciones de El Mahdi. La muerte de Gordon se convirtió en un escándalo político en Londres, que, finalmente, concluyó que el Sudán no ameritaba mayores esfuerzos; es decir, hasta una década más tarde, cuando la actividad colonial de los franceses y de los belgas en la región provocó una reacción inmediata de Inglaterra.

Mayor general Horatio Herbert Kitchener, triunfador

en la batalla de Omdursman.

Londres despachó a Horatio Herbert Kitchener hacia el Sudán, a la cabeza de 25,800 tropas. Kitchener abrumó a los islamitas con su desprorcionado poder de fuego, y los derrotó decisivamente en la Batalla de Omdursman, en 1898.

Las fuerzas del yihad se confrontaron con el poderío

bélico del imperialismo en Omdursman y salieron

derrotadas. Un siglo más tarde, esas mismas fuerzas

recurrirían al terror y a la guerra irregular para

poner en jaque al mismo enemigo.

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