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Ese día en Santa Águeda
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El fin de Angiolillo en España y de España en América
La tormenta después de la muerte
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El domingo, 8 de agosto de 1897, cerca del mediodía, don Antonio Cánovas del Castillo, acompañado de su esposa, bajó las escaleras de las facilidades donde se hospedaba. Desde hacía unos días se encontraba en el balneario de Santa Águeda, en el País Vasco, “tomando las aguas”, con las que buscaba un alivio a sus aflicciones.

El Balneario de Santa Águeda, Guipúzkoa, Euskadi.

Hacía un rato había regresado de la Misa; al igual que más tarde Francisco Franco y Augusto Pinochet, Cánovas era capaz de practicar su devoción católica a la vez que desataba el terror de su política de reconcentración en Cuba, y las infames torturas y abusos indiscriminados ocurridos en Montjuïch en contra del movimiento ácrata en España. Había subido a su habitación para atender asuntos de su gobierno —en esos días ocupaba uno de sus turnos como presidente del Consejo de Ministros— y ahora bajaba en dirección al comedor, cuando su esposa fue detenida en uno de los descansos por unas amigas. Luego de excusarse caballerosamente, dejó a las damas en su animada tertulia y continuó su camino a la planta baja.

Al igual que Francisco Franco y Augusto Pinochet,

Antonio Cánovas del Castillo era capaz de albergar

en su consciencia los más horrendos crímenes en

contra de sus semejantes con la más elevadísima

piedad católica. Ésta y las próximas imágenes de

los resultados de la reconcentración en Cuba

convivían perfectamente con las misas

y las comuniones.

  

Abajo, caminó pocos pasos hasta una galería interior, contigua al comedor, donde se sentó en un banco a leer el periódico que traía consigo. Se acomodó los lentes y acercó la publicación a sus ojos, ya que era corto de vista.

Sumido en la lectura, lo próximo que tiene que haber sentido fue el relámpago del disparo de un revolver, el impacto del proyectil sobre su cráneo, y el olor a pólvora quemada que se apoderó del aire y de la sangre que comenzaba a emanar a borbotones de su cabeza. Todo fue instantáneo; como un resorte se incorporó y giró hacia su atacante, quien disparó por segunda ocasión. Esta vez el tiro le impactó el pecho y salió por su espalda, sin alojarse en su columna vertebral.

Este segundo disparo ocurrió de frente; Cánovas, con lo que le quedara de función cerebral consciente, pudo verlo todo. ¿Qué otras cosas relampaguearon por su mente en esos instantes de la muerte en que el tiempo parece detenerse y los segundos se convierten en horas? ¿Contempló los rostros calavéricos de los 300,000 cubanos que murieron como consecuencia de sus políticas genocidas de guerra? ¿Pensó en la cruel política de represión de terror y exterminio que lanzó sobre los trabajadores industriales y agrícolas de Cataluña y Valencia?

Haya sido lo que fuera, había llegado su fin, y así se desplomó boca abajo frente a los pies de su verdugo, quien le disparó una tercera bala, que perforó su espalda y se alojó en el pecho. Allí quedó inmóvil, hundiéndose en el inmenso océano de sangre derramada a consecuencia de sus políticas, y que ahora se juntaba con la suya propia que corría por las galerías de Santa Águeda.

Tres balas terminaron con don Antonio Cánovas del Castillo. Terminaron también con sus crueldades y con sus políticas de genocidio y terrorismo de estado.

Con la muerte de Cánovas finalmente se le abrió paso urgente a unas reformas coloniales que se habían prometido con la mal llamada Paz del Zanjón, veinte años antes, pero que la mezquindad de los gobernantes de España habían frustrado una y otra vez.

En el plazo aproximado de un año España habría perdido no salamente a Cuba, sino a todas sus posesiones de ultramar, excepto las africanas, casi todos los buques de su Armada, una buena porción de su población de jóvenes trabajadores, y todo su prestigio como potencia europea.

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