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El fin de Angiolillo en España y de España en América
La tormenta después de la muerte
Los revolucionarios nunca mueren

Opio

 

En 1895, el Partido Revolucionario Cubano, con el liderato de José Martí, lanzó una nueva insurrección en contra de España. Al poco tiempo, Antonio Cánovas del Castillo asumió la presidencia del Consejo de Ministro y la jefatura del gobierno, con la intención de liquidar rápidamente a los insurrectos. De ahí aquello de “las tres balas”.

José Martí

No fue tan sencillo como Cánovas esperaba. Tal vez, cínicamente, él lo figuraba, y por esa razón envió a su rival, el general Arsenio Martínez Campos, a sofocar la supuesta “revuelta de negros y filibusteros”. No le tomó mucho tiempo a Martínez Campos admitir que para acabar con la insurrección cubana iba a ser necesario mucho más que levantar trochas y construir fortificaciones. Habría que implantar medidas con las que tal vez él no comulgaba. Iba a ser necesario acabar con Cuba, y pidió ser reemplazado por otro general que estuviera dispuesto a llevar a cabo las medidas que él no quería llevar sobre su conciencia o su honor castrense. Siempre presto para esas tareas crueles y sanguinarias, el general Valeriano Weyler y Nicolau aceptó sin titubear la misión de terminar con los cubanos que no quisieran seguir siendo españoles.

El general Arsenio Martínez Campos cayó en

la trampa política en Cuba de tener que pelear

una guerra que sabía que sangraría trágicamente

a España y a Cuba, pero que España nunca iba

a poder ganar. Para su crédito, se cantó incapaz

de cometer más  y mayores crueldades de las que

estaba ya cometiendo en Cuba, y prefirió dimitir

a su cargo.

La doctrina de exterminio, promulgada por Cánovas e instrumentada por Weyler, causó la muerte de más de 300,000 cubanos. Los españoles, decididos de privar a los rebeldes de todo apoyo popular, recogieron los habitantes de la ruralía y los depositaron en campamentos de reconcentración en las áreas que su ejército podía controlar, o sencillamente los desparramaron en los centros urbanos donde pudieran prevalecer los elementos afectos al régimen colonial. Impuso la pena de muerte sumaria a cualquier cubano que resistiera esas órdenes, o que intentara sembrar alimentos, o que sostuviera contacto alguno con los rebeldes. Procedió el ejército español a colocar bajo la antorcha todas las aldeas y todos los bohíos rurales que estuvieran a su alcance, junto a los sembrados y las escasas propiedades de los guajiros reconcentrados. Cuentan las crónicas que, como lánguidos fantasmas, miles de cubanos deambulaban, famélicos, por las calles de las ciudades, desfallecidos, desplomándose de hambre y enfermedades, como resultado de las políticas genocidas de Cánovas y Weyler.

El general Valeriano Weyler y Nicolau,

conocido como "el carnicero". Se dice

que aprendió sus tácticas genocidas del

general yanki William Sherman durante

su campaña por el Sur de Estados Unidos

durante la Guerra Civil.

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