Encabezado de Ficha El Antillano
 

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El Magnicidio
Ese día en Santa Águeda
La España Antonio Cánovas del Castillo
Brevemente, en Cuba
La mano dura en España
Michelle Angiolillo y Galli
En el consultorio del doctor Betances
El fin de Angiolillo en España y de España en América
La tormenta después de la muerte
Los revolucionarios nunca mueren

Opio

 

Antonio Cánovas del Castillo había dicho que “para acabar con la insurrección en Cuba sólo hacen falta tres balas: una para Martí, otra para Maceo y otra para Gómez”. Delataba más que la arrogancia imperial española al expresarse así; si España perdió mucho más que a Cuba fue por no poder entender el fenómeno de la guerra popular, y lo difícil —si no imposible— que se les hace a los imperios derrotar al enemigo que conduce este tipo de guerra irregular. A pesar de haber sido historiador, no comprendió que la propia historia de España ostentaba uno de los episodios, para él todavía reciente, de cómo la guerra popular en la Península Ibérica había derrotado las fuerzas incontenibles de los ejércitos de Bonaparte. Pero lo que era comprensible en relación a España —después de todo él razonaría que precisamente de esas hazañas es que se trataba la grandeza peninsular— no podía razonarse como un atributo de los cubanos, gente que para Cánovas, y la mayoría del liderato político de la Restauración, era incapaz de las labores titánicas que, a la postre, significaron la derrota del mayor ejército que enviara potencia europea alguna al hemisferio americano.

La epopeya del pueblo español en su guerra de liberación

en contra del Imperio napoleónico no fue comprendida

cabalmente por la mayoría de los políticos de la Restauración.

Pero ni la arrogancia ni la ignorancia de las lecciones de la historia pueden opacar el mensaje que le ofrece Cánovas, como principal gobernante de España, a los revolucionarios antillanos. Concibió el conflicto como uno de carácter personal, el cual sería resuelto si alguien eliminara a los tres principales líderes de la revolución. Definió, muy a su perjuicio, el conflicto armado entre cubanos y españoles, como un problema de bandolerismo que se resolvería sin mayores complicaciones con el simple acto del asesinato, con las muertes individuales de tres personas. Con tres balas.

Los imperios siempre tratan de crear la ideología de su

invencibilidad. Realmente son tan poderosos como

quieran admitirlo sus sujetos. Cuando los pueblos

sometidos se disponen a luchar por liberarse del yugo

de la opresión imperial, la ideología de la omnipotencia

del imperio comienza a desvanecerse rápidamente.

Los mambises cubanos le brindaron al mundo una

prueba contundente de esa verdad.

Ese tipo de “solución” de los conflictos no se la inventó Cánovas, ni fue él el último en prescribirla. El estado burgués logró sofocar las resistencias a su imposición del modo de producción capitalista, y a la privatización de los recursos comunales, descabezando los movimientos de rebelión, y su vertiente del bandolerismo. En esta fase poco recordada de la dictadura de la burguesía sobre el resto de la sociedad, la violencia y la coerción fueron los métodos principales usados para llenar las fábricas de trabajadores. El asesinato, legal o ilegal, mediante la horca, el garrote, o el fusil, fueron los modos de decapitar a cualquier foco de resistencia.

La clase capitalista se hizo su espacio en Inglaterra

apropiándose de todas las tierras comunales y lanzando

a los aldeanos al ejército de trabajo asalariado.

Los que se resistían al nuevo régimen se convertían

en escarmientos colgados a lo largo de los caminos.

Esta es la historia de la imposición de la dictadura

de la burguesía que se repitió una y otra vez,

y todavía se repite, en cada país del planeta.

El asesinato político de los líderes de la oposición radical por parte de los estados ha resultado ser una práctica frecuente, aún en las épocas más liberales del régimen burgués. Esa práctica halló eco en la prédica con la acción de parte de los sectores más arrinconados del anarquismo en Europa, y eventualmente en todos los estados burgueses. Por eso la propuesta de Cánovas estuvo cargada de ironía. Su estrategia de terror del estado en contra de los revolucionarios cubanos y en contra del movimiento obrero en España activaron los resortes para que fueran tres balas las que terminaran con su vida. Esas tres balas, más que derrotar a los cubanos, causaron que el régimen que Cánovas había diseñado e impuesto a toda España comenzara su etapa, como ha sido apodada por los propios españoles, de desastre.

La muerte violenta de don Antonio Cánovas del Castillo pone sobre la mesa de discusión, nuevamente, el debate sobre la legitimidad, o la falta de ésta, que tiene el magnicidio en la historia. Inevitablemente, levanta la misma discusión sobre el empleo de la violencia, por parte del estado, para mantener el orden establecido, y anular las fuerzas de su oposición radical.

En otras fichas que forman parte de un conjunto sobre el mismo tema, nos aproximaremos a las causas y los actos que le dieron forma a este drama, y a sus consecuencias históricas.

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Ese día en Santa Águeda

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