Encabezado de Ficha El Antillano
 

Los revolucionarios nunca mueren

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La mano dura en España
Michelle Angiolillo y Galli
En el consultorio del doctor Betances
El fin de Angiolillo en España y de España en América
La tormenta después de la muerte
Los revolucionarios nunca mueren

Opio

 

Los revolucionarios nunca mueren.

Mientras haya un sólo puertorriqueño

revolucionario, el legado de Betances perdurará.

Betances combinó en su persona un patriotismo que no tiene igual en ningún otro puertorriqueño, un compromiso con la unidad de las Antillas en una Confederación multinacional, y una integración de la unidad de la justicia social con la lucha por la independencia. Sobre todo, Betances fue un revolucionario.

Hombre de ideas, hombre de ciencias, hombre literario, fue sobre todo, también, hombre de acción. Su prédica nunca estuvo divorciada de las más sacrificadas acciones. Por eso Martí dice de él:

“De nuestro doctor Betances no nos olvidemos un punto, porque él es el corazón de un país con el que Cuba se hermana y abraza y porque son pocos los hombres en quienes, como él, el pensamiento va acompañado de la acción, la superioridad del desinterés y el mérito extraordinario de la mansa modestia.”

Cuando Martí se lanza al combate revolucionario, Betances ha ido acumulando un prestigio y un éxito profesional como médico en París que le han ganado el reconocimiento de sus colegas, de la sociedad francesa, y del propio estado de la República de Francia.

Martí lo llamó a reintegrarse a las sacrificadas labores por la libertad de las Antillas, y en pocos años, el primero había entregado su carismática vida en los campos de guerra, y el segundo había sacrificado toda su modesta, pero cómoda y agradable posición de médico reconocido en París. Betances murió en la miseria, y profundamente desolado al comprender que sobre el futuro de sus adoradas Islas se erguía el águila imperialista de Estados Unidos, presta a sustituir en el dominio antillano al moribundo imperio español.

Las gestiones de Betances a favor de la causa cubana se miraban con recelo por un segmento del exilio cubano, integrante de la llamada sacarocracia, personas inmensamente acaudaladas y en cuyos estilos de vida eran imitadoras de la aristocracia francesa. La austeridad del patriota puertorriqueño, sus hábitos revolucionarios, la humilde serenidad con la que trabajaba a favor de Cuba con anarquistas, socialistas y toda clase de activistas, causaban desconfianza de quienes, a fin de cuentas, se sentían muy superiores al anciano mulato.

El incidente del magnicidio sirvió de abono a las actitudes de menosprecio hacia el insigne Antillano por parte de diferentes sectores dentro de la política burguesa cubana. Unos por miedo, otros por oportunismo y por envidias, la conmoción causada por la muerte de Cánovas sirvió de pretexto a quienes se empeñaban en marginar al doctor Betances de cualquier posición de influencia política.

Más tarde, el firme rechazo de Betances a los tanteos autonomistas, cubiertos de ofertas de lucro personal, de parte de Sagasta al médico puertorriqueño, a través de su agente político Canalejas (Betances le apodaba “Canallejas”), le dio pie al abuso y la ingratitud de otros sectores del exilio cubano que bendecían cualquier oferta de terminar la guerra que reducía sus beneficios económicos.

Aún así, hubo quien reconociera las singulares virtudes del revolucionario puertorriqueño, incluso dentro de los más encumbrados círculos del exilio cubano en París. Luis Estévez Romero, esposo de Marta Abréu, dos de los más acaudalados cubanos en esa ciudad, escribió después de muerto Betances:

“Pocos hombres he conocido tan sensibles como él… Hubo veces durante los accidentados episodios de nuestra guerra, que vi correr lágrimas por sus mejillas, como el día que se supo en París la muerte de Antonio Maceo.”

Bartolomé Masó, alto oficial de la República en Armas, le escribió a Betances en diciembre de 1897:

“La causa de la libertad antillana tiene en usted un paladín decidido, y los pueblos que sufren, redimidos mañana, sabrán colocar su nombre de patriota inmaculado entre los primeros próceres.”

Los puertorriqueños no hemos sabido hacer de estas palabras una verdad de nuestros tiempos. La memoria de Betances queda recogida para las mayorías del país en el nombre de una que otra calle en el interior de los municipios de la Isla, tal vez una que otra escuela y algún hospital. Pero los puertorriqueños no hemos sabido atesorar la inmensa dimensión del corazón y la mente de este caborrojeño.

Para devolverle a Betances el gran amor que derramó por todas las generaciones de puertorriqueños, tenemos que pasarlo de ser un símbolo de los independentistas a ser la visión de todo un pueblo, de la urgente necesidad de rescatarnos de las profundidades de injusticia y enajenación hacia las que nos siguen arrastrando. Betances es el cambio. Es la convicción de que un mejor Puerto Rico es posible y necesario.

Betances es revolución.

Muchas gracias.

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