Encabezado de Ficha El Antillano
 

La tormenta después de la muerte

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El Magnicidio
Ese día en Santa Águeda
La España Antonio Cánovas del Castillo
Brevemente, en Cuba
La mano dura en España
Michelle Angiolillo y Galli
En el consultorio del doctor Betances
El fin de Angiolillo en España y de España en América
La tormenta después de la muerte
Los revolucionarios nunca mueren

Opio

 

Días después del magnicidio, el 12 de agosto, las autoridades francesas detuvieron a Tarrida del Mármol. Otros dos cubanos, evadidos de la prisión de Chafarinas como resultado de gestiones secretas de Betances, fueron colocados también bajo arresto. Los cubanos evadidos, Manuel Planas y Justo García, se habían escurrido hasta París donde buscaban integrarse al círculo de Betances. Junto a Tarrida, se les expulsó de Francia hacia Bélgica.

Sectores temerosos del exilio cubano en París, a través de las páginas del periódico bilingüe, La República Cubana / La République Cubaine, condenaron el magnicidio y tomaron la mayor distancia política posible de los hechos. En el número 76, del 19 de agosto, los cubanos negaron toda complicidad con los hechos de Santa Águeda, y condenaron a sus autores (en plural): “Nosotros deseamos que quede claramente establecido que los insurgentes cubanos no tienen ninguna relación con los fanáticos (sigue el plural, a pesar que Angiolillo es el único participante comprobado en el acto) que predican la anarquía en las plazas públicas y se hacen pasar por cubanos”.

Además de lanzar a las fieras a Tarrida del Mármol (quien ya había condenado los hechos) y al doctor Betances (que nunca los condenó), la timidez de los editores del semanario dejó un sabor amargo entre las filas del anarquismo en Francia, aliados firmes y combativos de la revolución cubana.

Es elocuente la distancia en opiniones de estos representantes del exilio, dependientes financieramente de la sacarocracia cubana en París, de los tabaqueros anarquistas de Florida, cuya opinión típica era que “Cánovas debió ser asesinado hace veinte años”. En general, la opinión del exilio cubano se bifurcó a lo largo de la división de clases. Los burgueses, más insulados de los horrores de la guerra y de las políticas genocidas del binomio Cánovas - Weyler, asumían posturas más filosóficas, más elevadas, diciendo necedades como “Quiero ver libre a Cuba pero no a merced de un asesinato” (Frank Domínguez, representante oficial de la Junta Revolucionaria en Filadelfia).

Los tabaqueros cubanos, incluyendo los

que se hallaban en el exilio, inspirados por

Martí, le aportaron espina dorsal a la

Revolución Cubana.

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