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Boletín Mayo de 2007

A pesar de que circulamos a final de mes, no es posible editar el Boletín de mayo sin mencionar el Día Internacional de los Trabajadores. Esa efemérides celebra la memoria de una de esas ocasiones en la que se han confrontado, frente a frente y hasta las últimas consecuencias, la clase capitalista y la clase trabajadora. Los sucesos están relacionados con el tema general de “1898”. Las luchas de clases en Estados Unidos durante las décadas anteriores y posteriores al año crucial de 1898 fueron intensas y decisivas. Los victoriosos pudieron imponer sobre los derrotados su dictadura de clase, la república imperialista, con la que se lanzaron a ultramar en son de conquista. Esa transformación de la república en potencia imperial le permite a su clase capitalista imponerle a los territorios conquistados, primero el orden de la tiranía militar, y luego el del dominio civil imperial, inventando nuevas categorías de dominio al margen de su Constitución, que hasta entonces había sido un bastión anticolonialista.

Puerto Rico no fue la única pieza en este tablero. Cuba, recién llegada a la comunidad de países independientes, tuvo que aceptar una humillante relación subalterna con Estados Unidos. Además de apropiarse a perpetuidad de un pedazo de la Isla, los imperialistas [¿hay otra manera de llamarlos?] insertaron en la nueva Constitución cubana una cláusula denigrante que le otorgaba a Estados Unidos el derecho a intervenir con sus fuerzas militares en Cuba cada vez que lo considerara necesario. Independencia sin soberanía, república sin honor, los cubanos que tanta sangre, sudor y lágrimas derramaron por alcanzar el sueño de Martí sintieron a partir de este momento el peso de la bota de Estados Unidos sobre su cuello.

Puerto Rico, Las Filipinas y Hawaii corrieron peor suerte. La ocupación militar de las primeras dos no estuvo disimulada por el simulacro de independencia. El pueblo filipino continuó contra los nuevos conquistadores su guerra iniciada contra España. Nada en la guerra de España contra los cubanos, brutal y deshumanizante como fue, puede acercarse al grado de crueldad barbárica y violencia genocida de la agresión que desató Estados Unidos sobre los filipinos. La epopeya de este valeroso pueblo hermano es un tema de “1898” que aparecerá a partir del próximo episodio, “1898: El paso de la tormenta”.

La erupción del proyecto imperialista de la clase capitalista de Estados Unidos tiene que ser examinada con mucho detenimiento. Las explicaciones fáciles no existen. Se trataba de una república con un pasado revolucionario y anticolonialista, que recientemente había atravesado una guerra civil en torno al futuro de la esclavitud en algunos de sus estados. La victoria de la Unión, que aventajó a la burguesía industrial sobre todas las otras clases, no dejó de tener un contenido progresista en relación a las ideologías predominantes en los otros regímenes de las grandes potencias mundiales contemporáneas. Al compararse con el Reich alemán, la Rusia zarista, la monarquía española, el Imperio austro húngaro, y hasta la República francesa y el Reino Unido británico, la república de Estados Unidos inspiraba imágenes del triunfo del progreso sobre los lastres feudales y esclavistas de los otros estados. Estados Unidos era visto como el refugio de los oprimidos y los marginados del mundo, donde el trabajo y la virtud se verían premiados con el éxito económico y social.

El salto de esa república de atributos progresistas a una rapaz fuerza imperialista no ocurrió fácilmente ni estuvo exento de duras batallas políticas e ideológicas, en las que los anti expansionistas (como se conocían a los que se oponían a los proyectos imperialistas) llevaron inicialmente la ventaja.

Las fuerzas ciegas e impersonales de la necesidad material, de la lógica inexorable de las fuerzas económicas, se materializan en seres humanos con sus defectos y virtudes, que son quienes llevan a cabo, en la historia, el drama que promueven esas fuerzas. El proyecto imperialista contó con actores brillantes y audaces, como Teodoro Roosevelt y Alfred T. Mahan, que jugaron a la luz pública, y con sabor histriónico, el papel que les correspondía. Otros, no menos brillantes, jugaron papeles esenciales detrás de los telones del escenario. Uno de esos fue el abogado de corporaciones Elihu Root.

¿Qué tiene de malo ser abogado de corporaciones?

Esa pregunta nos la dispara a quemarropa el estimado lector de Claridad que nos pide que lo identifiquemos como JNG. El licenciado JNG —inferimos lo de licenciado cuando nos dice que “los abogados de corporaciones podemos actuar con el mismo sentido de patriotismo o de justicia que los abogados laborales”, y nos cita el ejemplo del prócer José de Diego— nos dice que no ha leído los Cuadernos de “1898”, y que no está seguro si le interese leerlos. Toma excepción, sin embargo, de la cuña que publicamos en el semanario cuyo tema es, precisamente, Elihu Root, abogado de corporaciones.

Elijah Root

El término crítico es la palabra “tramoyas”, cuyo significado le parece despectivo. “Podemos definir la historia para acomodarla a nuestras preferencias ideológicas, pero la realidad es que Root era un abogado muy prestigioso que sacrificó sus intereses personales para servir a su País. Su trabajo como Secretario de Guerra bajo McKinley y Teddy Roosevelt se destacó por el balance que buscó entre las necesidades de su Gobierno y los derechos de los residentes de los territorios que ahora se encontraban bajo la bandera de los Estados Unidos. Para él no fue necesario actuar con engaños ni ‘tramoyas’, ya que el Tratado de París le reconoció a los Estados Unidos la soberanía sobre esos territorios.”

Agradecemos al licenciado JNG su comunicación, que consideramos muy interesante y estimulante. Su interés en, y conocimiento de, la historia de Puerto Rico y Estados Unidos le confiere a sus opiniones un peso especial. Pensamos que se merece una explicación inmediata: no tenemos prejuicios personales en contra de los abogados de corporaciones. Esto le va a sonar bien “clichoso”, pero podemos decir con toda honestidad que algunos de nuestros mejores amigos son abogados de corporaciones.

La discusión sobre Elihu Root la vamos a tener que posponer, pero sólo por el momento. Regresaremos próximamente y con mucho énfasis a ese tema tan importante. Root es uno de los personajes más interesantes de esta época, y siempre actuó con gran discreción —tan lejos de la luz pública como le fuera posible. Tal vez por esa razón el autor de las cuñas de Claridad emplea el término de “tramoyas”, que no son otra cosa que máquinas que se colocan en el teatro detrás del escenario y se emplean para lograr los efectos fantásticos con que algunos productores del espectáculo gustan impresionar a su público.

El hilo conductor que va a hilvanar a Root con las fuerzas económicas de las que hablamos anteriormente es la poderosa droga del azúcar. Esa droga es el factor común en las historias de esta época de Cuba, Puerto Rico, Las Filipinas y Hawaii. Es un tema que recién asoma su cabeza en “1898”, pero tan pronto lo haga, no la volverá a esconder, aún cuando termine la serie con su número nueve: “1898: Los hijos de sus padres”.

En palabras de Charles A. Crampton, jefe del departamento de substancias químicas del Buró Federal de Rentas Internas:

“Es un dato sumamente curioso e interesante que ningún otro producto alimenticio empleado por el hombre ejerce una presencia tan preponderante en el dominio de los estados y de la política internacional. El azúcar ha disfrutado de la dudosa distinción de haberse ‘revolcado con la política’ desde los días de Napoleón hasta la época del Sugar Trust.”
The Forum, Vol. 32, nov. de 1901
“Sugar and the New Colonies”

El Antillano en Humacao

Tal y como les anunciamos en la edición de abril del Boletín, aquí les presentamos la reseña del foro sobre “El Magnicidio” que celebramos con estudiantes del recinto universitario de la UPR en Humacao [para leer la reseña, pulse aquí]. Esta actividad la organizó el profesor Juan Enrique Marcano, de ese recinto, quien también nos brindó unas breves reflexiones sobre el tema del terrorismo de estado.

Viene “1898: El paso de la tormenta”

En junio comienza la producción del sexto número de la serie de “1898”. Si todo marcha de acuerdo a los planes, este episodio se estará imprimiendo durante el mes de julio y se estará lanzando con el comienzo del nuevo semestre académico en agosto. Con este número concluye el segundo volumen de la novela gráfica serializada.

El tercer volumen, compuesto por los números siete (“1898: Jacobinos en San Juan”); ocho (“1898: Los exiliados”); y nueve (“1898: Los hijos de sus padres”) completa este título, y cierra las aventuras del impredecible e indómito espía español.

En el tercer y último volumen de la serie nos confrontaremos en Puerto Rico con una sociedad en la que el antiguo régimen colonial ya no funcionaba, pero en la que aún no existía un nuevo orden de cosas que contara con el endoso de las mayorías del País, capaz de sustituirlo. Este vacío le abrió las compuertas a conflictos sociales que por décadas habían permanecido latentes y que ahora se desbordaban violentamente por las calles de las ciudades del País. El resultado fue una sociedad carente del consenso político que le hubiera permitido a la élite criolla hacerle frente con alguna efectividad a la tiranía colonial, pero una en la que las más variadas formas de insolente expresión popular le servían de ariete a las masas oprimidas en su lucha por derrumbar las murallas que protegían a los privilegiados.

Cualquier semejanza entre lo que ocurría durante aquellos años y los sucesos del presente no es pura coincidencia.

Bueno, ya hemos abusado demasiado de su generosidad. Los que llegaron hasta aquí, gracias por su atención perseverante. Nos despedimos hasta el mes que viene. Mucha salud a todos.

<betances@mspr.net>
Editorial El Antillano

 

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